16 de marzo de 2013

Ricardo Cavada: peligrosa lectura del cuento de Blancanieves




Hay mucho de acto ceremonial –y así lo he dejado entrever con anterioridad en estas mismas páginas –, de ritual confirmador de una fe, en el solitario gesto de acercarse a una obra de arte para contemplarla. Y tanto más cuanto que en el ademán se concitan silencio y complicidad a la hora de atravesar el espacio diáfano de la santanderina Galería Juan Silió para acercarse a la última propuesta creativa del pintor Ricardo Cavada (Pontejos, 1954).
Por nuestra parte, acudimos siempre expectantes a la llamada del acto creador, aunque sabedores, eso sí, de lo precario de una concelebración que viene revestida del sentimiento de la melancolía. Para Adorno, en sus de todos conocidas reflexiones "dañadas", la imagen más pura de ese sentimiento nos la da el cuento de Blancanieves: se trata de la melancolía de la reina que contempla la nieve a través de la ventana con el deseo de que su hija sea como la viva e inanimada belleza de los copos, como el luto de la noche, como la sangre de su pinchazo. Es ciertamente melancólica la contemplación de lo bello cuando, como en el caso de la reina que muere en el parto, quien lo hace está abocado al acabamiento.
Y es precisamente a ese territorio de conmovida reflexión adonde nos lleva la última propuesta creativa de Cavada. Encontramos una vez más en sus lienzos el desarrollo coherente en la búsqueda, en la indagación, de un lenguaje con el que poder dar cuenta de la realidad y por extensión de nosotros mismos. Hemos creído siempre a pie juntillas en la idea de una actividad artística que, si creadora, modifica la forma de su artífice de conocer el entorno; y hemos aprendido de la mano del gran Duchamp y la estética de la recepción cómo la obra ha de ser el medio necesario para el diálogo espectador autor.
También el cántabro cree en ello, bien pertrechado como está para entrar en el campo de batalla. Porque nadie mejor que él sabe que lo más certero de la munición que posee es, sin duda, el color. Su progresiva tendencia a la monocromía nos sitúa ahora ante un espacio pictórico de nueva entidad: allí rojos y negros (de sangre y de profundidad de la noche en nuestra personal lectura de Blancanieves), azules y granas se vuelven exultantes de emoción. Una suerte de fuerzas encontradas dialoga en toda la superficie del lienzo mostrando la riqueza de matices que va desde la plena opacidad –especialmente dramática en algunos negros – hasta la casi disolución matérica. Y es en el espacio enmarcado entre esos dos ejes, abigarrado de sinuosidades y sugerencias, donde se nos revela la plena condición del artista: nos referimos a ese ejercicio de alta costura que es el arte y nos referimos a su misión esencial, que es vestir la nada.
Cavada va así hilvanando un atavío que tiene mucho de Baudelaire cuando en su de sobra conocido elogio de la pintura de Delacroix afirmaba que "el color piensa por sí mismo" con independencia del objeto que recubre. Con ello el poeta hacía referencia a la amplitud en el mostrador de los sentimientos que habitaban, y habitan, la atmósfera colorida del pintor, al tiempo que dejaría líneas abiertas para que un siglo después cobrase sentido la obra de Mondrian, Richter, Motherwell y sobre todo Rothko. En efecto, de este último, del Rothko posterior a 1950 con quien Cavada tiene contraída alguna que otra deuda, llegamos a la convicción de que había creado un nuevo cromatismo.
Sin embargo, fiel a sí mismo, no renuncia el artista al recurso a la ortogonalidad, una geometría que, en palabras del crítico Juan Manuel Bonet, es directamente heredera de Mondrian. Así la línea recta, cuando se torna horizontal en el lienzo, deviene dramáticamente tajante en la delimitación de espacios antagónicos: es el punto límite entre lo matérico y lo evanescente, pero también entre lo emotivo y lo racional, entre el ser y su sombra.
Hace notar Bachelard cómo el impulso creativo se nutre de lo extremo de sus imágenes bajo el imperativo de no reducir nunca dicho extremismo. Todo creador ha de buscar el peligro, un peligro que no tiene que estar por fuerza fuera de sí mismo: ¿Acaso el territorio por donde el pintor desliza sus pigmentos no es en sí ya territorio peligroso? ¿A fuerza de ser eco de dramas íntimos, no se tiñe cada pincelada con la tintura de lo dramático? Por lo que a nosotros respecta le otorgamos al arte, le exigimos, la peligrosa responsabilidad de inocular en cada espectador el veneno de la melancolía. Sabedores como somos de cuál será nuestro fin, deberemos saber también que si el arte nos conmueve, es porque nos lleva a territorios de la realidad que nos son desconocidos.
El otro día en la Silió nos hemos cruzado un instante en la puerta al entrar con la buena reina, madre de Blancanieves: no nos ha sorprendido que por su rostro de viva e inanimada belleza de copo de nieve se deslizara una melancólica lágrima de emoción…
ELDA LAVÍN
El Diario Montañes (Sotileza) (15/3/13)

12 de marzo de 2013

MALO, PEOR, PÉSIMO




Nuestros abuelos padecieron la guerra y sus consecuencias. Nuestros padres se mataron a trabajar. Los siguientes disfrutamos de la época más apacible en la historia de Europa, hemos arrasado con las provisiones de bienestar y a los chavales de hoy les hemos dejado el desorden y los desperdicios de la fiesta. Ah, y las deudas. ¿Es eso lo que nos están diciendo diversos intelectuales entrados en la melancolía de los años? ¿Vargas Llosa cuando diagnostica la trivialización de la cultura? ¿José Luis Sampedro, quien, sin mencionar a China, Suiza, Escandinavia, declara muerto el actual sistema económico? ¿Stéphane Hessel llamando a la indignación? ¿O Zygmunt Bauman anunciando por carta el fin de la felicidad? ¡Qué tiempos aquellos en que no había tiempo ni para problemas psicológicos! En que las guerras continuas, la penuria, las epidemias, el analfabetismo, simplificaban la existencia humana. Cada día están más lejos los jardines

Fernando Aramburu
22/2/2013 EL CULTURAL

22 de febrero de 2013

Cuando escuches el trueno...




Cuando escuches el trueno me recordarás

Y tal vez pienses que amaba la tormenta...
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
Y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
Cuando abandone la ciudad para siempre
Y me precipite hacia el puerto deseado
Dejando entre ustedes apenas mi sombra.

Anna Ajmátova (1889-1966)

13 de enero de 2013

Homenaje a Sergio Gaspar

Como me lo contaron, os lo cuento: "Queridos amigos: Como sin duda sabréis, la editorial DVD ha dejado de funcionar el año pasado. Una crisis inclemente -que está afectando a todos, pero con especial saña al mundo editorial y cultural, tan frágil siempre en este país- y algunas razones de índole personal llevaron a su editor, Sergio Gaspar, a decidir su cierre, tras diecisiete años de compromiso con la literatura española. Creo que estaréis de acuerdo conmigo en que DVD ha sido una de las editoriales que con más fuerza ha apostado por la poesía y la narrativa de calidad en España -sobre todo, por la escrita por los más jóvenes-, sin distinción de escuelas, estilos o banderías. Ha sido un proyecto integrador, inspirado, fundamentalmente, por la defensa de la buena literatura. Tras todos estos años de esfuerzo, y siendo un hecho ya, por desgracia, el cierre de la editorial, algunos colaboradores y amigos de DVD y de Sergio hemos pensado en rendirle una suerte de homenaje. Pero la palabra es excesiva, y excesivamente institucional. En realidad, nos gustaría simplemente reunirnos con él, celebrar con él un encuentro de eso, de amigos, para reconocer -y agradecerle- su trabajo y la destacada aportación de su empresa a las letras españolas recientes. Así pues, Javier Lostalé y yo hemos organizado un acto en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid (c/ Alcalá, 42), el próximo 18 de enero, a las 20.00 h., al que estáis todos invitados, en vuestra calidad de autores de la editorial, amigos de Sergio Gaspar, simpatizantes del proyecto o, simplemente, amantes de la cultura. En la mesa estaremos el propio Javier, como promotor principal de la idea y coordinador del acto; Juan Manuel Macías, autor y traductor de DVD, y responsable de la página web de la editorial desde, prácticamente, su inicio; Manuel Rico y Jordi Doce, poetas, críticos y amigos; yo mismo, codirector de la colección de poesía de DVD desde 2004; y, naturalmente, Sergio Gaspar. El protagonismo de un acto así corresponde, como es lógico, al homenajeado. Pero nos gustaría subrayar que también os corresponde a vosotros: sin vuestra colaboración, DVD no habría existido. Se nos ha ocurrido, por lo tanto, que, con independencia de vuestras intervenciones en el encuentro, si también queréis leer algún poema, podáis hacerlo; es más, os animamos a hacerlo: así celebraremos la esencia del proyecto de DVD, que es la poesía, y daremos el mejor homenaje posible a su promotor. Solo os rogamos que, si os apetece leer versos, nos lo indiquéis previamente a Javier o a mí, para que podamos organizar el orden de lectura. También os agradeceremos que informéis de la celebración del acto entre todas aquellas personas que, a vuestro juicio, puedan tener interés en asistir. Confío en que podáis acompañarnos en lo que pretende ser una fiesta de la palabra y una celebración de la amistad. Un fuerte abrazo. Eduardo Moga." La mirada creadora y El fondeadero de la osa se suman al homenaje.

6 de diciembre de 2012

Homenaje al paisaje extremeño


Con El desierto verde regresa Eduardo Moga (Barcelona, 1962) al poema en prosa como un intento de apropiarse del paisaje extremeño, que no es sino un modo de planear por sus propios paisajes interiores "sembrados de los mismos guijarros y la misma maleza que  ya he visitado en tantos libros, imaginados o acaso escritos". Los catorce poemas en prosa vienen precedidos de uno versal, la única forma de composición posible -se nos antoja-  para amar odiar en él al lenguaje:

ESTE LUGAR ES BLANCO

...Las palabras están aquí, recrudecidas,
como árboles fusilados,
                                       hijas del espasmo y del ojo,
consecuencia de la feracidad laxa con que nos resistimos a morir.
y yo estoy en ellas, aferrado a su tránsito,
sin adevertir otra cosa que lo permanente
de su fugacidad,
sin poseer otra cosa
que las aristas de su nada.
                                           No sé lo que emerge,
salvo que esa ignorancia es la realidad.
Este lugar era blanco,
como las espinas de la luz.

El desierto verde (2012).
Editora Regional de Extremadura

4 de diciembre de 2012

Álvaro Valverde encuentra su centro

 
Con  la publicación de Un centro fugitivo. Antología poética (1988-2010),  edición a cargo de Jordi Doce, Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) deja patente la autenticidad del poeta que ha sido y es, el desarrollo de la  hondura meditativa de su escritura, que es tanto como decir moral (y no es poco en los tiempos que corren), su rigurosa y pulcra sobriedad, así como su humana ligazón a lo circundante, al "territorio" por el que transita. También hay lugar para inéditos:


AQUÍ

Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre
la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.


Un centro fugitivo. Antología poética (1988-2010).
Isla de Siltolá, Sevilla, 2012




13 de julio de 2012

JUANJO VIOTA, LA PINTURA A TUMBA ABIERTA




En la constatación de que sobre contradicciones se eleva la lógica de una verdad, de que incluso a veces prima sobre aquellas la reducción "ad absurdum", se afana a menudo el discurrir no sólo de lo propiamente humano, sino de cualquier actividad que a ello se vincule. Y nada hay, a nuestro entender, más humano que la disciplina artística para certificar una afirmación tal, cuando por voz de sus sacerdotes, la crítica especializada vincula la obra del gran Rothko (1903-1970), precisamente por lo que tiene de humano y figurativo, a la de un Tiziano, un Caravaggio o un Rembrandt.
En efecto, que los cuadros de la gran bestia sagrada del expresionismo abstracto –ese movimiento pictórico genuinamente americano; pero, no lo olvidemos, de memoria europea – sean tildados en esencia de representativos sólo podría entenderse como un juicio contradictorio; tal vez porque el propio artista declarase, hacia 1947, que pensaba en ellos como dramas donde las formas eran las protagonistas. Es más, para él: "han sido creados por la necesidad de un grupo de actores que se mueven dramáticamente sin pudor y pueden ejecutar gestos sin vergüenza".
No andamos descaminados cuando, de manera intuitiva, vinculamos a aseveraciones como esta la obra del también pintor Juanjo Viota (Santander, 1964); cuando prefiguramos entre sus líneas, la génesis de una poética pictórica que el cántabro lleva, hasta el 9 de julio, a la Sala de Exposiciones de Juntas Generales de Bizkaia, en la vecina Bilbao, con el sugerente título de "Latidos" –"Taupadak –. La ambición insaciable del artista que hay en Viota muerde, en apenas una docena de obras de rigurosa factura figurativa, allí donde el arte certifica su universalidad; esto es, en su propuesta de diálogo con lo temporal: ante cada una de sus pinturas, el tiempo parece detenerse y nosotros, observadores peripatéticos, habremos de entablar nuestra propia relación pictórica, que es tanto como decir existencial, con ellas.
Para ello, el artista nos provee de todo un catálogo de posibilidades de personajes, actores y figurantes, con quienes levantar ante nuestros ojos la magia de la representación. De ahí sus inquietantes "clowns" de procedencia circense, sobre zancos o portadores de máscaras –ciertamente sugerente su "El buen aforo"–, a medio camino entre la animalización o la cosificación; seres de piernas o brazos de tamaño desproporcionado –ahí está su autorretrato –, púgiles de endeble aspecto que parecieran haber perdido el sentido del combate; individuos anfibológicos que se soportan la humanidad bajo el rostro de la bestia, que se ocultan tras una puerta o bajo el anonimato de un disfraz –en la composición con el título de "Hombre feliz con delfín–. Estamos ante lo que el profesor Manuel Ángel García Seco, realizador del prólogo al catálogo, ha dado en llamar desde posiciones netamente freudianas "lo siniestro", y que no es sino una de las formas posibles en que el arte estimula nuestra conciencia de vivir, desplegando para ello ante nosotros, con toda su capacidad metafórica, el enigma de una existencia que intuimos puede ser la nuestra.
Viota, que en esta ocasión cuelga sus cuadros junto a los de la burgalesa Sandra Rilova, lo sabe, como sabe también que el individuo anónimo que propone necesita una historia que le dé verosimilitud y, por ello, dota a sus seres de la narrativa de lo cotidiano, consiguiendo en el proceso esa pérdida de familiaridad, ese extrañamiento de lo inmediato hasta hacerlo desconocido, y, al tiempo, eco de una realidad otra, en un modo tan esencialmente poético que Eliot llegó a cifrarlo como un "elevar mundos en este mundo". Qué duda cabe de que a ello contribuye de manera inequívoca la dramaturgia de los marcos, la mudez de unos espacios abiertos que dominan omnipresentes las obras, con su arquitectura desolada y profunda, urbana siempre, de plazas y callejones por donde transitan el pasado y el presente, el hombre y su memoria; las huellas de Hopper, De Chirico, Balthus, Morandi e, incluso, Goya, en algunas composiciones, no andan lejos.
Refiere Benjamin en su "Infancia en Berlín" la deliciosa historia del pintor que, en el momento de mostrar su última obra a un grupo de amigos, se hizo inopinadamente presente en el lienzo, atravesando el jardín hasta desaparecer tras la puerta de la casa en él representada. Con ello el berlinés no vino sino a refrendar un capítulo más de una muy extendida ya en el tiempo reflexión acerca de la desaparición del autor –que contra lo que se pueda pensar, no fue originada por Barthes en 1968 – y cuya deriva nos lleva a la no menos significativa consideración acerca del intercambio de papeles entre los actantes de la obra artística: aquel por el cual el receptor se tornará ahora actor y viceversa.
Tras una consideración tal del objeto artístico, tras esa conciencia de eliminación de distancias entre la obra y el espectador, no nos resulta difícil imaginar a Viota atravesando fugazmente cualquiera de los callejones de sus enigmáticas arquitecturas para proponernos, con un solo gesto del creador que es, la redención del abandono: el de la memoria, el de la conciencia de pérdida sobre los límites de la realidad y lo humano, el de nuestra pasividad anestésica como meros espectadores frente a un mundo en exceso banal y, sobremanera, el de nuestra posición fronteriza entre el territorio de la vida y el de la muerte. De ahí que Rothko, el pintor que, según Sean Scully, se debatió entre "la esperanza y la tragedia" antes de un suicidio desesperanzador, certificase la preocupación por la muerte, la intimación con ella, como uno de los elementos esenciales de la creación artística. Y es que no se nos ocurre otro modo de aliviar la inmensa desgarradura de nuestra vida –y Viota parece intuirlo – que no sea el de sentir, crear o reflexionar como se muere: a tumba abierta.
ELDA LAVÍN