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3 de abril de 2022

Un paseo junto a Cervantes a orillas del East River


Siempre recordaré la última vez.  Porque nunca olvidamos las despedidas. Fue el 4 de noviembre de 2002. Él se subía a la tribuna de nuestro Ateneo de Santander, él, acompañado de su bombona de oxígeno y su respirador, ofreciéndonos el rostro más amable de las ya muy deterioradas dificultades respiratorias de su enfermedad. Él, José Hierro, `Pepe´ para el grueso de la tropa que le hizo suyo, presentaba, junto al profesor Carlos Galán, los materiales que la profesora y arabista Dulce López-Baralt había materializado en dos volúmenes: “Guardados en la sombra” (inéditos en prosa del primer Hierro) y “Entre libélulas y ríos de estrellas: José Hierro y el lenguaje de lo imposible” (imprescindible aproximación a la obra poética última del autor). El poeta fallecería mes y medio después y toca ahora (nació en Madrid en 1922) el momento de homenajes y recuerdos centenarios.

Hablar del Premio Cervantes es, al menos para mí, hablar, en principio, de una ejemplar trayectoria poética nunca estancada, siempre en progreso muy a pesar del silencio de todos conocido.

Una trayectoria cuyo km cero bien podríamos establecer en ese poema “Generación” -“Tierra sin nosotros”(1947)-, que da fe de la experiencia de la guerra civil y de cómo los sueños, los propios y los de sus contemporáneos,  hubieron de ser arrojados a un pozo “de agua estancada y silenciosa”. Hierro perfila aquí al poeta que quiere ser, el que se chapuza en lo histórico circundante, el que hace suyo el mundo que es suyo para verterlo en cada poema. Él va a acometer la renovación de la poesía española del primer tercio del siglo XX asumiendo que de esa crisis identitaria solo un nuevo lenguaje deviene: “y les pusimos a las cosas/ nuevos nombres”. Él, que no se consideraba un poeta sublime, más bien de la “clase media poética”, en su contemplación de esa nueva realidad aboga por la belleza de la palabra que no es recargamiento ni imaginería, sino musicalidad (portentoso eneasílabo) y adecuación forma- contenido apegada a la intensa emoción de lo humano. 

El yo poético que emerge de aquí, el que se cuestiona su identidad y la de otros como él, el que cuando habla de sí mismo, habla de los demás, y no de un nosotros circunstancial, solo puede ser, en sus propias palabras, poeta testimonial. Y así se muestra en “Quinta del 42” (1952), que es a su vez acercamiento y superación de tal marchamo poético. Superación en lo que tiene de progresivo abandono de la descripción objetiva de la realidad para abrigarla con oscuras construcciones simbólicas: “No te pidan/ luz. Mejor en la sombra/ amor se comunica” (“El libro”), donde el tema del tiempo adquiere cuasi protagonismo exclusivo “Se ha roto el tiempo y la tristeza. Reina/ la eternidad viva” (“Plenitud”).

De hecho, es en 1962 cuando, en el prólogo de la publicación de su obra completa hasta el momento, nos habla de los dos caminos, de todos conocidos, de su poesía: el “reportaje” y las “alucinaciones”, dos caminos que estaban ya perfilados en “Quinta del 42” y que el poeta matizará con el paso del tiempo: si aquel era la narración de una historia finita y racionalizada con anterioridad, estas son poemas en construcción, “como envueltos en niebla” puesto que las emociones se escinden de los hechos que las provocan. 

Nunca en oposición, de la dialéctica integradora de ambos términos se nutre la trayectoria poética del poeta, que en 1964 publica el “Libro de las alucinaciones”, poemario de tono irracional que incorpora notas innovadoras a la poesía del momento. Y así, en el poema “Marina impasible” el mar permite al poeta un viaje espiritual hacia el éxtasis:

…presente inmóvil-sin recuerdos,

    sin propósitos-, soy ahora.

   Todo está sometido a un orden

   que yo no entiendo. Pero embarco

   en la nave, y el marinero

   me dirá su cantar más tarde,

   desde el éxtasis…

 

Frente al mar, su yo se diluye en lo real, se evade del tiempo para experimentar el presente inmóvil, que no es sino trasunto del instante eterno, un ahora sin límite, sin pasado y sin presente: cuando la conciencia se desliga de la razón, el alma triunfa sobre la muerte. Para Hierro, igual que para Badiou, el poema piensa y encarna como nadie la comunión entre pasión y reflexión: el alucinado oscuro secreto y el razonado rigor reflexivo.

Y el poema abre también caminos en la nieve hacia “Cuaderno de Nueva York”, Premio de la Crítica -en 1998, año de su publicación- y Premio Nacional de Poesía (1999), poemario superador -o quebrantador al decir de algún crítico- de la dicotomía imperante en el momento entre la poesía de “voz lógica” y la de “voz órfica”.  Hierro logra integrar ambas vías -muy, muy enfrentadas entonces, como es sabido- y logra, por un lado, borrar de su currículo la injusta adscripción a la poesía social y, por otro, la necesaria reafirmación de la palabra justa que diga, exprese y sugiera, “porque el poema ha de ser seducción” y si no, no vale. Hierro vivía para la poesía, era su destino y siempre se preguntó por él “¿Quién fue el hijo de puta que me desafió y yo acepté el envite?”.

Pero Hierro es por encima de todo realidad alucinada o alucinación real, es:

 

…Alguien espera. El viento 

Amansa el agua del estanque. Pienso

en lo que pensará de mí la imagen

que me contempla.

 

Y aquí, señores, deja su poso la realidad según Cervantes. Amén.


Elda Lavín

En el centenario del nacimiento de José Hierro.

Artículo publicado en el suplemento SOTILEZA, Diario Montañes. Abril 1, 2022.

11 de septiembre de 2021

Wislawa Szymborska: poesía y fideos con tocino

 




 

Subraya el gran Auden –sí, una vuelve siempre a los viejos sitios de donde nunca debió alejarse –en la antológica compilación que constituye su "Prólogos y epílogos" (ed. Península) el talante paradójico inherente a las disciplinas artísticas en general, tanto como a las poéticas en particular, al sacar a colación las últimas palabras del pintor Vincent Van Gogh, encontradas en forma de carta en uno de sus bolsillos tras quitarse la vida en los trigales de Auvers, como es de sobra conocido.

En efecto, a propósito de una edición de las cartas del artista, Auden, además de proclamar la absoluta honestidad que desprenden por parte del emisor de las mismas –que no es poco-, nos remite al final del escrito, donde Van Gogh en esos momentos fatídicos se muestra seguro de que su obra, o al menos buena parte de ella, entonces y siempre, conserva "la calma aun en la catástrofe". Y es que a veces un solo sintagma, como en este caso, alcanza a definir una obra entera, que es tanto como decir, en el mejor de los casos, una vida entera.

Porque calma además de desnudez es lo que queda ya para siempre en la palabra de la polaca Wislawa Szymborska (Kornik, 1923- Cracovia, 2012), una palabra con un largo recorrido desde su primer libro, publicado en 1945 y no en vano denominado "Busco la palabra", al que se sumarían entre otros "Llamada a Yeti" (1957), "Sal" (1962), "Gente en el puente" (1986) o "Fin y principio" (1993) –amén de los por ella misma "desautorizados" anteriores a 1956 en la línea del realismo socialista imperante –hasta la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1996.

Si nos posicionamos junto al poeta Rilke – no se nos ocurre que pueda ser de otra manera –y su viraje poético a lo existencial cuando establece que el hombre entero puede ser ocasión de poesía, tendremos que convenir que la escritura de ahí derivada deba dar cuenta de lo humano, ser exhaustiva metafísica del individuo y lo que le rodea: sólo así podremos dar fe de palabra verdadera a la no extensa obra poética de Szymborska, a ese documento moral que constituye su escritura. El acto de escribir deviene por tanto acto primordial de nombrar, que es acto de revelación: no olvidemos que Ortega entendía como misión del poeta –al menos una de ellas –la de hacer entrar a las cosas en un "remolino" para que así sometidas, se conviertan en otras cosas nuevas. Sin duda por ello, la sintaxis de la polaca se va desvistiendo –me refiero a las obras posteriores a 1956 – bajo una mirada al exterior cada vez más precisa, más pulcra; una mirada que nutre –y se deja nutrir – lo circundante, hecho de todas las pequeñas cosas. Su palabra vivisecciona la realidad con precisión cirujana y nos la vuelve inesperada. De ahí un poemario como AQUÍ, publicado por Bartleby Editores (2009) -en edición bilingüe traducida por Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia-, donde el enfrentamiento con la memoria “Quiere que viva ya solo con ella y para ella” se vuelve reivindicación plena del tiempo actual porque “En mis planes hay siempre un sol presente”.

Se trata de extraer de la vida la verdad, tajando con cortes limpios, translúcidos su linfa más honda, como translúcida por esperanzada es la mirada de quien nos la ofrece para la lectura. En efecto, no hay desaliento en la mostración al lector del dolor ya que "incluso entre las guerras, a veces hay pausas"; o de la convivencia con el horror cuando ante el atentado del 11 de septiembre (efeméride de la que se conmemoran mañana 20 años) se plantea "describir ese vuelo/ y no decir la última palabra"; o también en el momento de apelar a la ironía, demudada a veces en sarcasmo, para poder resumir la obra de Proust porque "seamos sinceros, ¿quién es ese?".

Para tal fin, nunca las palabras de Szymborska, aun brillando con luz propia, queman nuestros dedos con su retórica incandescente, nunca su lengua caerá del lado del exceso de abstracción –recordemos la relación que para el vienés Hofmannsthal había entre las palabras abstractas y los hongos podridos –, partícipes como son de la capacidad de revelar propia de la gran poesía y su exigencia de reducción a palabra necesaria. 

La poesía de Szymborska, presidida por el principio metódico de "no sé", tal y como afirmaba en su discurso de entrega del Nobel, nos devuelve al territorio –de donde tampoco habremos de alejarnos nunca –de la escritura verdadera, aquella donde se maridan palabra y latido vital, experiencia y reflexión autentificadas desde la conciencia que las dicta –he aquí la conexión arte-conciencia, que hará del primero disciplina práctica y moral –. Su poética de "teorema de Pitágoras", así denominada por ella, de sintagma preciso y palabra esencial, le permite acceder a las cosas, en su caso a las más insignificantes y cotidianas como el hecho de que "hoy has comido fideos con tocino", a modo de refracción de nosotros mismos y de nuestro paso por el mundo. No nos cabe, en fin, duda alguna de que sea la calma estado propicio, o al menos uno de los posibles, donde fructifique la poesía verdadera, pues así lo atestigua la polaca Szymborska. Quizás con ello se sobrelleven mejor todas las catástrofes. 

 Elda Lavín

AquíWislawa Szymborska. Bartleby Editores 

Publicado en suplemento Sotileza (Diario Montañés) septiembre 9, 2021


17 de agosto de 2015

Poesía en Las Llamas


El miércoles, 19 de agosto. 19.00 h.
UIMP. Campus de Las Llamas. Santander.
Allí estaremos...

23 de enero de 2015

EL OTOÑO DE LA CONCIENCIA


 Imaginario de otoño
Jesús Cabezón
Valnera literaria

 
“Los días son heridas de muerte”. Tales palabras, contundentes donde las haya, dejan sobre el tapete toda una declaración de intenciones que, verso a verso, nutre este “Imaginario de otoño”, último poemario del cántabro de acogida Jesús Cabezón, que ve la luz con el sello de Ediciones Valnera, a cargo del infatigable Jesús Herrán.

Cabezón (Palencia, 1946), quien nos ha acostumbrado en los últimos años  a sus comparecencias escriturarias (recordemos su recopilación de artículos de 2010 “El mundo que sentí cercano”, de la mano de la también cántabra El Desvelo ediciones), se muestra ahora ante el lector con voluntad de inventario, de friso existencial en el que sin solución de continuidad, como se observa en la ausencia de una estructura partita en la obra,  da cuenta de su presente. Extraordinario en su lucidez, consciente de haber atravesado ya el “mezzo del camin”, que metaforiza con el viejo (y siempre nuevo) símbolo del otoño que da pie al título, el poeta despliega a lo largo del libro el torrente meditativo de un yo que cuestiona su existir, encaminado como está hacia lo inexorable de su destino.

Para él la formulación de este imaginario otoñal pasa por dar cuenta de todo un ideario existencial y poético: ahí está la angustia por el paso del tiempo porque “Miro hacia atrás desde los espejos del miedo/y descubro que he agotado demasiados tiempos previsibles”. Así la incertidumbre de vivir (el término “miedo” se repite significativamente en la obra) apunta a la memoria como una, si no la única, capacidad redentora de la existencia a la que él se aferra con convicción, memoria que vuelve los ojos a la infancia en su intento de recuperar la esperanza de vivir puesto que entonces “no me robaban mi realidad y mis sueños”. El pulmón de los recuerdos respira al compás de la reivindicación de una conciencia individual, que se hace moral en tanto que inquiere, duda, increpa al poder balsámico de la escritura o se debate entre la razón y el deseo.

En efecto, abordada desde una inquieta serenidad, la relación amorosa se constituye en uno de los ejes temáticos del libro, como así lo ha sido del conjunto de la obra del poeta. Cabezón se apoya en la amplitud de recorrido de un verso largo para perfilar aspectos de la intensidad emocional de una pasión más soñada que vivida, del maridaje amor deseo (reivindicado éste en la referencia culturalista a la figura de Marilyn) o, en definitiva, de la caducidad de ambos como “un instante de capricho”, a sabiendas de que es ese instante el portador de senderos infinitos.

Si bien es cierto que nos encontramos en este libro la exposición lúcida, sin duda, y amplia de lo humana; no lo es menos que cumple con el gran requisito, según Auden, de lo poético : “Alabar su propia existencia y su acontecer”. Que así sea.

ELDA LAVÍN
Reseña publicada en el suplemento SOTILEZA, de El Diario Montañés, viernes, 23 de enero de 2015.

4 de mayo de 2014

Nocturno casi


Nocturno casi
Lorenzo Oliván 
TusQuests editores, 2014



LORENZO OLIVÁN, EL TRAZADOR DE LO INFINITO

No es sino un modo de reafirmar convicciones, viejas convicciones, lo que Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) expone ya en el mismo título de este su último poemario recién aparecido porque, sin duda, con este “Nocturno casi” nos sitúa en el territorio del combate poético, en una indelimitada franja de sombras, la que va de la luz a la oscuridad o bien, al modo de una sinfonía mahleriana, de la oscuridad a la luz, y que no es otro que el territorio de la incursión introspectiva, el del abismarse en lo oscuro: el único terreno posible donde uno debe enfrentarse a sí mismo y a todo cuanto le rodea.
Y no es desatino hablar de combate poético porque no se me ocurre otro modo de mirar al poeta sino como investido de los atributos del héroe, un héroe eso sí contemporáneo, que, como  bien había prefigurado Auden, ya no es el héroe romántico; sino el hombre que a pesar de las presiones de la cotidianidad en lo histórico logra adquirir y conservar un rostro propio.
Y es en el camino de adquisición de ese rostro cuando Oliván es ya Teseo, el héroe necesitado de laberinto, el héroe que suma a la voracidad de conocimiento el vértigo de buscar, de ahí que cobren sentido versos como “tú devoras los restos /últimos de la sombra” (“Cauce abierto”) en referencia al papel de la amada. De este modo, son la rigurosidad en la escritura poética y un pulcro sentido moral los materiales de los que está hecho el hilo que ha de servir para atravesar la imagen del negro toro y adentrarse en lo oculto, en una operación de tintes muy rilkeanos cuando el de Praga nos prevenía de la apariencia engañosa y bella de las cosas y su desencanto al afirmar que esa belleza no es sino el comienzo de lo terrible.
Teseo avanza hacia lo terrible por el laberinto y lo hace sobre terreno seguro: una bien tramada red simbólica donde la antítesis luz oscuridad no es sino la componente de una dialéctica superior, la de lo de dentro y lo de fuera, el más acá y la lejanía, lo abierto y lo cerrado y, en definitiva, el ser y el no ser; y que más allá de dar título a una de las partes del libro (es tripartita la estructura del mismo: “Ardua trama”, ”Tocar extremos” y “Visión nocturna”), se hace extensible  a toda la obra. Ya G. Bachelard nos ponía en aviso de cómo lo abierto y lo cerrado son de este modo pensamientos, cómo la reflexión se hace así geometría; la metafísica se hace arte de dibujo en un intento de fijar la realidad.
“Nocturno casi” es así un tratado práctico de perspectiva que alude a la esencialidad y a la ocultación de la realidad y lo hace desde una textura de movimiento pendular que oscila entre lo hímnico y lo elegíaco, encarnada en temas como el amor –tema recurrente en el libro, sin duda–, donde con su mirar reflexivo perfila el autor un ya antiguo binomio en el ámbito poético, el de mujer-escritura: ahí están el amor gozoso pleno de deseo porque “el mundo se te entrega/más rectamente en ángulos oblicuos” (“Lección de  perspectivas”), el amor que se consuma como un ritual sobre la arena, o que triunfa pleno de deseo sólo para certificar su acabamiento atendiendo a una “ley oscura”. Hay asimismo añoranza y dolor en el tiempo de la ausencia, y hay incertidumbre, en explícita alusión a un ubi sunt contemporáneo; y el vacío que se prefigura en el olvido como “un hueco dentro de nosotros” del que sólo puede uno preservarse dando cabida en sí y protegiendo en la memoria las imágenes vívidas del tiempo compartido.
En este libro a la palabra del poeta se le han abierto las carnes y mientras perviven la musicalidad, tan importante en la poética de Oliván, y la apelación a la imaginería sensorial, la reflexión se ahonda ahora al dictado del instinto de una conciencia poética siempre de imperativo moral para dar cuenta de la propia identidad, del paso del tiempo o del sometimiento a los imponderables del azar. La reflexión vidente del poeta se mueve en el terreno de la incertidumbre de las encrucijadas,  que son el sueño, la marea, el fuego o el horizonte, y busca el reconocimiento en ellas,  un anclaje (no en vano así se llama el poema de su poética) siempre en fuga de la anécdota personal que cuando menos deja un poso de alerta y soledad en el hombre que se niega a volverse fantasma de sí mismo. Ese hombre es Oliván que, al igual que Bachelard, sabe que “todo se dibuja, incluso lo infinito”.

Elda Lavín.
Reseña publicada en El Diario Montañes, 4 de mayo, 2014

30 de abril de 2014

POESÍA CON NORTE


De nuevo el placer poético.
Anoche en Santander. El ciclo Poesía con Norte.
Los poetas Antonio Gamoneda, Lorenzo Oliván, Martín Bezanilla y Elda Lavín.
Y la memoria se detuvo por un instante...

5 de marzo de 2014

CON LÁGRIMAS PROPIAS

PLACER DE LAS LÁGRIMAS

Daña 
la belleza con la incisión 
de la serpiente.
Es su gozoso acontecer,
como el brote de un anhelo sin límites,
el que apacigua el instante
con laboriosos dedos,
dedos
incansables,
de trenzador de tiempos y pasamanería.
Sí,
la contempla el pensamiento y se duele:
la mirada es nada si bajo su paraguas
no puedes resguardarte de tanta brevedad.


ELDA LAVÍN


1 de marzo de 2014

Magnífico Lorenzo

PREGUNTAS

Cada vez que alguien hace una pregunta

el mundo se abre un poco,
vuelve la flecha al arco, que se tensa
con la energía de la expectación.

Me hago preguntas por crear espacio
traspasado de flechas,

que no ansían la diana que limita,
sino el vértigo vivo

de buscar.

Lorenzo Oliván
Nocturno casi
Ed TusQuets

26 de diciembre de 2013




Bienvenidos al día después.



Mirando hacia las nubes, se adivina
el silencio del cielo.
Al repetir, sin nadie,
de madrugada, el gesto de la llave,
matas la hazaña, el ensueño o la anécdota,
por lo que queda de esta noche.
Por ti murmura y pasa aún
la vena clara de tu vida sola.

RICARDO DEFARGUES (Barcelona, 1933-2013)

30 de mayo de 2013

Un poético placer

Anoche en Santander. Los poetas Lorenzo Oliván y Elda Lavín junto a la dueña de La Otra Librería, Sara Solana.

10 de mayo de 2013

Otra mirada a lo poético

Más y más poesía en La Otra Librería. Con Marta San Miguel, Juan Antonio González Fuentes y Elda Lavín.
9 mayo 2013

26 de abril de 2013

OTRA MIRADA A LO POÉTICO

Una nueva mirada a lo poético con Maribel Fernández Garrido, Regino Mateo y Elda Lavín.
25 abril 2013

12 de abril de 2013

Otra mirada a lo poético



Otra mirada a lo poético en La Otra Librería de Santander. Ana de La Robla, Jesús Cabezón y Elda Lavín.

22 de febrero de 2013

Cuando escuches el trueno...




Cuando escuches el trueno me recordarás

Y tal vez pienses que amaba la tormenta...
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
Y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
Cuando abandone la ciudad para siempre
Y me precipite hacia el puerto deseado
Dejando entre ustedes apenas mi sombra.

Anna Ajmátova (1889-1966)

13 de junio de 2011

ESCRITURA Y VERDAD


Si tuviéramos que elaborar una no extensa, y sí hipotética, lista de nombres referenciales a los que acudir para desarrollar asuntos de estricta enjundia poética, qué duda cabe de que uno de ellos habría de ser con urgencia de obligatoriedad el de W. H. Auden (1907-1973). Arrastrar hacia nuestro propio territorio la proyección intelectual del británico es algo más que suscribir su pensamiento poético, comportaría además la plena adhesión a un credo en que cuestionamiento moral computa a partes iguales con dominio y conciencia plenos del lenguaje –frente a lo que él denominaba la "corrupción" coyuntural-; o la defensa a ultranza del binomio poesía-verdad, entendida esta última como finalidad preferente de la primera, libre de cualquier bandería política –como bien demostró en la práctica- y, a la vez, luz y guía en el intento de desvelar tanto la naturaleza del propio yo, cuanto la de la realidad circundante. Como uno de los primeros poetas de la contemporaneidad, no podemos negar que fue él quien cifró el estilo poético de nuestra época en términos de intimidad, referida al tono de voz, esto es, el de una ‘persona dirigiéndose a otra y no a un gran número de oyentes’.
Pues bien, aquí es a donde queríamos llegar. Si no obligatorio, el paso por Auden nos ayuda a ilustrar el ‘hacia dónde habría que mirar’ para establecer los mimbres constitutivos de lo más relevante –me refiero a escritura verdadera- de la poesía contemporánea. La misma urdimbre que se deja entrever en este ‘Cinco x cinco’, última entrega, que hace la número 7, de la colección de poesía ‘La mirada creadora’. En ella cinco poetas, Marián Barcena, Maribel Fernández Garrido, Elda Lavín, Ana Rodríguez de la Robla y Marta San Miguel, bajo el denominador común de la geografía, dialogan y cruzan, y entrecruzan, palabra y mirada con otras tantas voces nacionales: Estíbaliz Espinosa, Vanesa Pérez-Sauquillo, Concha García, Mª Ángeles Pérez López y Chantal Maillard.
No es el propósito de este libro colectivo venir a sumarse, por razones de estricta puridad filológica, al ya orondo espacio ocupado por las antologías –‘antojolías’ al decir de algunos- en la historiografía poética actual. La patente labor canonizadora –inevitable por otro lado-, que el aparato antológico conlleva ha derivado al cabo del tiempo en el abuso del mismo en términos de mera acumulación de nombres, bien con afán de confirmación generacional, bien de grupo estético. Tampoco han ayudado a la estabilización del fenómeno ni la falta de programa teórico de algunas de las propuestas, ni la consecuente nula incidencia en el debate reflexivo de por dónde discurre la poesía del momento, además del muy sospechoso apego, en algunos casos, a las dinámicas del mercado editorial.
Así las cosas, es propósito del libro que nos ocupa desvelar las principales líneas poéticas que se dejan entrever en la obra de un conjunto heterogéneo, manejablemente diverso, de cinco poetas -nacidas entre los años 1963 y 1980-, y de la derivación de dichas líneas en su diálogo con otras tantas voces de su elección. Se trata o bien de nombres que despuntan ya con su escritura más madura, o bien de aquellos cuya madurez radica en el paso de su despegue escriturario, poetas que nos ayudan a comprender mejor el estado de la poesía cántabra y nacional en las primeras décadas del siglo XXI.
Ahí está la palabra verdadera, en tanto que hondamente íntima, de Marián Bárcena (Santander, 1965), que brota bien pertrechada de una muy personal y enigmática simbología, necesaria para llevarnos de la mano al territorio de la desesperanza ‘porque el mal ya está hecho’. Junto a ella la poética de cortes limpios de la gallega Estíbaliz Espinosa (A coruña, 1974), donde se cuadricula y rebana una realidad, que, si bien cotidiana, resulta inesperada –ahí conviven el ‘quasar’ y el ‘pimentón’- y no por ello hurtada a la reflexión del lector. Por lo que a Maribel Fernández Garrido ( Santander, 1976) se refiere, descuella de ella sobremanera un yo pletórico, abarcador, que se revuelve y se duele, clama y medita, entre lo anecdótico y lo reflexivo y que, por momentos, precisa desdoblarse en ese "tú" con que poder sobrellevar ‘nuestros pequeños desamparos’. También un estado de desamparo parece vislumbrarse a través de los poemas más recientes de Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978), donde las nuevas tecnologías –un GPS- son excusa para la indagación en el muy contemporáneo sentimiento de pérdida.
Ciertamente acordado se nos antoja el maridaje Ana de la Robla (Santander, 1971) y Mª Ángeles Pérez ( Valladolid, 1967), como asimismo el de Marta San Miguel (Santander, 1981) y Chantal Maillard ( Bruselas, 1951). En el caso de las dos primeras, se podría hablar de una común presencia de objetos mínimos cotidianos en sus poéticas –sin duda más pavorosa y estremecedora en el caso de Mª Ángeles - con los que dialogan buscando y buscándose, esto es, llevando el propio yo a incisivo examen. Como incisiva, al tiempo que desnuda en su soledad, es la palabra de Maillard, atenta a la trayectoria del ‘yo hacia su centro’ y cuestionadora del ‘ojo que lo observa’. No es de extrañar que San Miguel encuentre ahí la clave de diálogo precisa para una sintaxis, la suya, en que sabiamente se conjugan los matices, y con ellos el devenir de lo circundante. También de lo circundante se ocupa Concha García cuando, por boca de Lavín, ‘piruetea la palabra entre los rincones oscuros de la soledad’ para poner en entredicho hasta la existencia de la propia realidad.
Pues bien, se trata del lugar adonde queríamos llegar, aquel ritmado al tono de voz de la intimidad que defendía Auden, aquel que fructifica en cada uno de los ambages resultantes del feliz acompasar de palabra y pulsión vital, de experiencia y reflexión cuando esta deviene moral por verdadera, por lo que tiene de reivindicación de la propia conciencia y su inserción en el mundo. Se trata, en definitiva, de poéticas y de verdad.
ELDA LAVÍN