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3 de marzo de 2024

Bella Pincelada

Pobres criaturas': Fecha de estreno, sinopsis, reparto y tráiler

  A propósito de Pobres criaturas, de Yorgos Lanthinos, USA, 2024, 

Este director griego nos transporta a la imaginación en cuanto se abre la puerta de una extraña casa. Hay danzantes en el cielo de su boca que sortean los jugos y ascienden en una burbuja de aliento. Se escapa la vida; así de loco es el mundo deforme que vemos a través de la mirilla que como un objetivo panorámico o un ojo de buey nos incrusta en el camarote del barco o en la habitación de un prostíbulo en París. La distorsión esperpéntica de los personajes (la dueña del prostíbulo, los animales “cosidos”, como ella misma, Bella, y el científico Baxter) nos lleva a un universo surreal en el que la deformación arquitectónica, su plasticidad curva, facilita el recorrido entre callejas, arcos, escaleras interrumpidas como edificios imposibles de Beomsik Won o la fusión de la azulejería árabe con los grabados de Escher.

Y todo esto es el decorado de un viaje iniciático, la aventura de una niña en un cuerpo de mujer, construcción que arma el argumento para ir explicando el origen hasta un final que cierra la historia como un cuento bien cosido. Y como toda historia de ficción, se admite la historia con sus reglas: es verosímil cómo se encajan las piezas y no nos preguntamos más. Quizá por eso cuando aparece el sentimiento de familia o su intención de casarse con alguien que la quiere, se produce la humanización de los muñecos, un sentimiento que recuerda a Pinocho con Geppetto. Al volver donde su padre que la cuidó y la quiso de forma generosa frente a la falta de vínculo con el monstruo que fue su marido y acaba convertido en un hombre con cerebro de cabra como acto de justicia. Los temas de la familia, la sexualidad o el amor se tratan bajo el paraguas del cuento, de lo irreal y lo excéntrico; por esa libertad para actuar y hablar sin límites y sin prejuicios es por lo que también la ética los pierde en cierto modo, o los mueve priorizando su felicidad y la de sus seres cercanos y queridos, de los que se rodea.

En un ambiente rico, lujoso, modernista, orgánico, onírico, el doctor Baxter nos introduce en la Lección de anatomía, de Rembrandt, tal y como lo hizo Nicolaes Tulp en el siglo XVII, y nos enseña con detalle cada corte, instrumento y músculo en una obra documentada que él mismo ilustró.

Bella indaga sin límites y sin piedad, no la detiene ética alguna lo que queda justificado por estar en una primera fase de su crecimiento mental y social. Todo en ella es virgen: sus pasos torpes e inseguros, sus juegos peligrosos en el tejado, su deseo contrariado, su sexualidad... Solo fuera, en el mundo, lejos de su benefactor- creador, podrá aprender. Por eso, busca con intuición, inteligencia, curiosidad y practicidad lo que resuelva sus necesidades. Atenta a su cuerpo y hambrienta también del conocimiento, encontrará relaciones sólidas en sus distintas etapas. Es en ese viaje iniciático en el que se forma como persona con criterio, hasta un momento en el que apreciamos sorprendidos que ya no trastabilla al caminar sino que ha aprendido a caminar estable y también lo son sus deseos cada vez menos erráticos. Mientras tanto, se llena la escena de excesos: comida, sexo, colores, mangas abullonadas, volantes, telas satinadas y tules, y asistimos al metasueño en blanco y negro, cuando la ficción lo es aún más, dando una vuelta de tuerca a lo imaginado. Más poesía en la ya pincelada poética de Yorgos Lanthimos.

Rosario de Gorostegui

20 de marzo de 2011

¿Y la Rive Gauche?


En el momento del obligado ejercicio de volver la vista atrás para despedir el año que ha finalizado, se nos impone la remembranza de los que fueron dos de los máximos exponentes de la Nouvelle Vague francesa, fallecidos en 2010: Éric Rohmer y Claude Chabrol. Mucho se ha hablado, ciertamente, durante estos últimos meses del movimiento cinematográfico de referencia en el país vecino entre 1958 y 1962; y, por contra, muy poco de la Rive Gauche, la otra “ola”, que en las mismas fechas, paralela y no supeditadamente,  cristalizó allí mismo en los nombres de siete realizadores: Alain Resnais, Agnès Varda, Henri Colpi, Marguerite Duras, Jean Cayrol, Alain Robbe-Grillet y Chris Marker.
Para Claire Clouzot, la gran dama de la crítica cinematográfica gala y acérrima defensora de dicha nómina, este grupo no constituyó ninguna escuela propiamente dicha; si bien presentaban algún rasgo común en su afán de innovación técnica y estilística –afán que, por otro lado, compartían con la Nouvelle Vague-, además del de residir en la orilla izquierda del Sena, de donde, como es sabido, tomaron su nombre. Y así lo supieron ver los críticos de la revista Cahiers de cinéma –allí estaba el maestro Bazin-, quienes se batieron en duelo con sus eternos enemigos de la mucho más crítica Positif  para defender al grupo.
Por lo que se refiere a quien esto suscribe, en tanto que poeta, y poeta de la memoria, siempre me han perseguido las palabras (“Tengo memoria y sé del olvido”) con que adquiere fe de vida “she” (“la mujer”), el personaje protagonista de Hiroshima mon amour (1959), de Resnais; las mismas palabras que a ella misma le abren  camino en una doble suerte de remembranza: la histórica, por un lado, que se desarrolla ante el telón de fondo de la reconstrucción de la ciudad nipona tras la bomba atómica; y la personal, aquella que le hace prefigurar el dolor de una relación amorosa abocada ya a su fin. Tanto la protagonista de Resnais, en éste que ha sido considerado al tiempo primer largometraje del director y del grupo; como la desmemoriada amante de El año pasado en Marienbad (1961), también de Resnais; la joven aquejada de cáncer de Cléo de 5 a 7 (1961), de Varda; o la esposa de vida tediosa en India song (1975), de Duras conforman una abigarrada pero significativa panoplia de personajes de los que, sin duda, depende la coherencia de toda una cinematografía.
Fue Cayrol, uno de los tres cineastas del grupo (junto a Duras y Robbe-Grillet), que llegarían al celuloide desde la literatura, quien estableció los perfiles teóricos de este recién nacido héroe de la pantalla; un héroe, para él, solitario y anónimo, incomprendido y desarraigado de un modo que nos recuerda mucho a los personajes trágicos de Sófocles ( piensen en Edipo). Ellos nos dan cuenta, en síntesis, de las miserias y grandezas del ser humano en su totalidad, en la suma de su perspectiva histórica (es el poshéroe que para Cayrol derivó de los campos de concentración, el que nos legó –cómo no-  Auschwitz), tanto como de la interior, la que tiene que ver con la memoria y las leyes que la rigen.
Tal concepción de la realidad, al hilo como iba de un profundo sentimiento de compromiso con ella, no pudo sino beneficiarse de las posibilidades que ofrecían las nuevas técnicas en el campo del montaje. Así los trabajos sobre el tiempo cinematográfico (linealidad o fragmentación, contracción violenta o fluidez, yuxtaposiciones), su relación con el tiempo real o la duración de planos adquieren suma importancia en un intento de romper los imperativos narrativos vigentes, que ya resultaban decimonónicos. Resnais, formado en el mítico Institut des Hautes  Etudes Cinématographiques (I.D.H.E.C.), al tiempo que legitimado por una larga trayectoria precedente en el campo del cortometraje, llevó tales presupuestos a extremos de suma abstracción. Ahí está Hiroshima - la película de la que mucho se habló  en el Festival de Cannes de 1959, aun presentándose fuera de concurso, cuando Los 400 golpes se llevó la Palma de Oro al mejor director-, cuyo impacto radicó en su ritmo de tempo lento junto a la elipsis de espacios temporales, que creaban en el espectador una sensación de irrealidad fantasmal. Nos es imposible no relacionar esto con la idea de “corrupción de la realidad” en la que, según Cayrol, el nuevo héroe contemporáneo se movía.
Muchos fueron, en fin de cuentas, los puntos de confluencia de tan diversas trayectorias profesionales. En torno a Les Editions du Seuil, la editorial “para escritores cristianos de izquierda y para poetas de la Resistencia”, según la Clouzot, se movieron muchos de ellos: allí Marker fundó la colección “Pequeño planeta” y Cayrol, la revista Ecrire –antiguos miembros ambos de esa Resistencia-. Por sus oficinas, se prodigaron también los escritores del  Nouveau Roman, la nueva corriente experimental, cuya novedosa técnica narrativa tiene tanto que ver con recursos claramente cinematográficos –como quedó bien  patente ya desde el ensayo manifiesto de Robbe-Grillet-. Los escritores del Roman que derivaron al celuloide trabajaron con Resnais, el gran oficiante del movimiento y, sin duda, el más cineasta: Duras realizó el guion de Hiroshima, mientras que Cayrol y Robbe-Grillet, los de Muriel (1963) y El año pasado en Marienbad respectivamente, sin olvidar que Market realizó junto al maestro Les statues meurent aussi  en 1951.
Se trata, en definitiva, de ese singular e inefable fenómeno que nos recuerda cómo la confluencia de un entramado de relaciones plenas de humanidad, nunca vana ni canalla, en un espacio y un tiempo determinados –recordemos a la Viena finisecular- le dan alma y carne, coherencia y duración a algo que de otro modo moriría víctima de su propia inconsistencia. Hay, a nuestro modo de entender, un inexcusable componente ético – como lo hubo en esta Rive Gauche, en su integridad, en su negación a comercializarse– que debe presidir cualquier manifestación artística –ergo humana- para no perecer en lo efímero, para abrirse hueco en la permanencia, que es la que en buena medida nos resarce de esta “temporada en el infierno”. A todo ese proceso lo denominamos “clásico”.

Elda Lavín
Enero 2011