12 de marzo de 2013

MALO, PEOR, PÉSIMO




Nuestros abuelos padecieron la guerra y sus consecuencias. Nuestros padres se mataron a trabajar. Los siguientes disfrutamos de la época más apacible en la historia de Europa, hemos arrasado con las provisiones de bienestar y a los chavales de hoy les hemos dejado el desorden y los desperdicios de la fiesta. Ah, y las deudas. ¿Es eso lo que nos están diciendo diversos intelectuales entrados en la melancolía de los años? ¿Vargas Llosa cuando diagnostica la trivialización de la cultura? ¿José Luis Sampedro, quien, sin mencionar a China, Suiza, Escandinavia, declara muerto el actual sistema económico? ¿Stéphane Hessel llamando a la indignación? ¿O Zygmunt Bauman anunciando por carta el fin de la felicidad? ¡Qué tiempos aquellos en que no había tiempo ni para problemas psicológicos! En que las guerras continuas, la penuria, las epidemias, el analfabetismo, simplificaban la existencia humana. Cada día están más lejos los jardines

Fernando Aramburu
22/2/2013 EL CULTURAL

22 de febrero de 2013

Cuando escuches el trueno...




Cuando escuches el trueno me recordarás

Y tal vez pienses que amaba la tormenta...
El rayado del cielo se verá fuertemente carmesí
Y el corazón, como entonces, estará en el fuego.

Esto sucederá un día en Moscú
Cuando abandone la ciudad para siempre
Y me precipite hacia el puerto deseado
Dejando entre ustedes apenas mi sombra.

Anna Ajmátova (1889-1966)

13 de enero de 2013

Homenaje a Sergio Gaspar

Como me lo contaron, os lo cuento: "Queridos amigos: Como sin duda sabréis, la editorial DVD ha dejado de funcionar el año pasado. Una crisis inclemente -que está afectando a todos, pero con especial saña al mundo editorial y cultural, tan frágil siempre en este país- y algunas razones de índole personal llevaron a su editor, Sergio Gaspar, a decidir su cierre, tras diecisiete años de compromiso con la literatura española. Creo que estaréis de acuerdo conmigo en que DVD ha sido una de las editoriales que con más fuerza ha apostado por la poesía y la narrativa de calidad en España -sobre todo, por la escrita por los más jóvenes-, sin distinción de escuelas, estilos o banderías. Ha sido un proyecto integrador, inspirado, fundamentalmente, por la defensa de la buena literatura. Tras todos estos años de esfuerzo, y siendo un hecho ya, por desgracia, el cierre de la editorial, algunos colaboradores y amigos de DVD y de Sergio hemos pensado en rendirle una suerte de homenaje. Pero la palabra es excesiva, y excesivamente institucional. En realidad, nos gustaría simplemente reunirnos con él, celebrar con él un encuentro de eso, de amigos, para reconocer -y agradecerle- su trabajo y la destacada aportación de su empresa a las letras españolas recientes. Así pues, Javier Lostalé y yo hemos organizado un acto en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid (c/ Alcalá, 42), el próximo 18 de enero, a las 20.00 h., al que estáis todos invitados, en vuestra calidad de autores de la editorial, amigos de Sergio Gaspar, simpatizantes del proyecto o, simplemente, amantes de la cultura. En la mesa estaremos el propio Javier, como promotor principal de la idea y coordinador del acto; Juan Manuel Macías, autor y traductor de DVD, y responsable de la página web de la editorial desde, prácticamente, su inicio; Manuel Rico y Jordi Doce, poetas, críticos y amigos; yo mismo, codirector de la colección de poesía de DVD desde 2004; y, naturalmente, Sergio Gaspar. El protagonismo de un acto así corresponde, como es lógico, al homenajeado. Pero nos gustaría subrayar que también os corresponde a vosotros: sin vuestra colaboración, DVD no habría existido. Se nos ha ocurrido, por lo tanto, que, con independencia de vuestras intervenciones en el encuentro, si también queréis leer algún poema, podáis hacerlo; es más, os animamos a hacerlo: así celebraremos la esencia del proyecto de DVD, que es la poesía, y daremos el mejor homenaje posible a su promotor. Solo os rogamos que, si os apetece leer versos, nos lo indiquéis previamente a Javier o a mí, para que podamos organizar el orden de lectura. También os agradeceremos que informéis de la celebración del acto entre todas aquellas personas que, a vuestro juicio, puedan tener interés en asistir. Confío en que podáis acompañarnos en lo que pretende ser una fiesta de la palabra y una celebración de la amistad. Un fuerte abrazo. Eduardo Moga." La mirada creadora y El fondeadero de la osa se suman al homenaje.

6 de diciembre de 2012

Homenaje al paisaje extremeño


Con El desierto verde regresa Eduardo Moga (Barcelona, 1962) al poema en prosa como un intento de apropiarse del paisaje extremeño, que no es sino un modo de planear por sus propios paisajes interiores "sembrados de los mismos guijarros y la misma maleza que  ya he visitado en tantos libros, imaginados o acaso escritos". Los catorce poemas en prosa vienen precedidos de uno versal, la única forma de composición posible -se nos antoja-  para amar odiar en él al lenguaje:

ESTE LUGAR ES BLANCO

...Las palabras están aquí, recrudecidas,
como árboles fusilados,
                                       hijas del espasmo y del ojo,
consecuencia de la feracidad laxa con que nos resistimos a morir.
y yo estoy en ellas, aferrado a su tránsito,
sin adevertir otra cosa que lo permanente
de su fugacidad,
sin poseer otra cosa
que las aristas de su nada.
                                           No sé lo que emerge,
salvo que esa ignorancia es la realidad.
Este lugar era blanco,
como las espinas de la luz.

El desierto verde (2012).
Editora Regional de Extremadura

4 de diciembre de 2012

Álvaro Valverde encuentra su centro

 
Con  la publicación de Un centro fugitivo. Antología poética (1988-2010),  edición a cargo de Jordi Doce, Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) deja patente la autenticidad del poeta que ha sido y es, el desarrollo de la  hondura meditativa de su escritura, que es tanto como decir moral (y no es poco en los tiempos que corren), su rigurosa y pulcra sobriedad, así como su humana ligazón a lo circundante, al "territorio" por el que transita. También hay lugar para inéditos:


AQUÍ

Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre
la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.


Un centro fugitivo. Antología poética (1988-2010).
Isla de Siltolá, Sevilla, 2012




13 de julio de 2012

JUANJO VIOTA, LA PINTURA A TUMBA ABIERTA




En la constatación de que sobre contradicciones se eleva la lógica de una verdad, de que incluso a veces prima sobre aquellas la reducción "ad absurdum", se afana a menudo el discurrir no sólo de lo propiamente humano, sino de cualquier actividad que a ello se vincule. Y nada hay, a nuestro entender, más humano que la disciplina artística para certificar una afirmación tal, cuando por voz de sus sacerdotes, la crítica especializada vincula la obra del gran Rothko (1903-1970), precisamente por lo que tiene de humano y figurativo, a la de un Tiziano, un Caravaggio o un Rembrandt.
En efecto, que los cuadros de la gran bestia sagrada del expresionismo abstracto –ese movimiento pictórico genuinamente americano; pero, no lo olvidemos, de memoria europea – sean tildados en esencia de representativos sólo podría entenderse como un juicio contradictorio; tal vez porque el propio artista declarase, hacia 1947, que pensaba en ellos como dramas donde las formas eran las protagonistas. Es más, para él: "han sido creados por la necesidad de un grupo de actores que se mueven dramáticamente sin pudor y pueden ejecutar gestos sin vergüenza".
No andamos descaminados cuando, de manera intuitiva, vinculamos a aseveraciones como esta la obra del también pintor Juanjo Viota (Santander, 1964); cuando prefiguramos entre sus líneas, la génesis de una poética pictórica que el cántabro lleva, hasta el 9 de julio, a la Sala de Exposiciones de Juntas Generales de Bizkaia, en la vecina Bilbao, con el sugerente título de "Latidos" –"Taupadak –. La ambición insaciable del artista que hay en Viota muerde, en apenas una docena de obras de rigurosa factura figurativa, allí donde el arte certifica su universalidad; esto es, en su propuesta de diálogo con lo temporal: ante cada una de sus pinturas, el tiempo parece detenerse y nosotros, observadores peripatéticos, habremos de entablar nuestra propia relación pictórica, que es tanto como decir existencial, con ellas.
Para ello, el artista nos provee de todo un catálogo de posibilidades de personajes, actores y figurantes, con quienes levantar ante nuestros ojos la magia de la representación. De ahí sus inquietantes "clowns" de procedencia circense, sobre zancos o portadores de máscaras –ciertamente sugerente su "El buen aforo"–, a medio camino entre la animalización o la cosificación; seres de piernas o brazos de tamaño desproporcionado –ahí está su autorretrato –, púgiles de endeble aspecto que parecieran haber perdido el sentido del combate; individuos anfibológicos que se soportan la humanidad bajo el rostro de la bestia, que se ocultan tras una puerta o bajo el anonimato de un disfraz –en la composición con el título de "Hombre feliz con delfín–. Estamos ante lo que el profesor Manuel Ángel García Seco, realizador del prólogo al catálogo, ha dado en llamar desde posiciones netamente freudianas "lo siniestro", y que no es sino una de las formas posibles en que el arte estimula nuestra conciencia de vivir, desplegando para ello ante nosotros, con toda su capacidad metafórica, el enigma de una existencia que intuimos puede ser la nuestra.
Viota, que en esta ocasión cuelga sus cuadros junto a los de la burgalesa Sandra Rilova, lo sabe, como sabe también que el individuo anónimo que propone necesita una historia que le dé verosimilitud y, por ello, dota a sus seres de la narrativa de lo cotidiano, consiguiendo en el proceso esa pérdida de familiaridad, ese extrañamiento de lo inmediato hasta hacerlo desconocido, y, al tiempo, eco de una realidad otra, en un modo tan esencialmente poético que Eliot llegó a cifrarlo como un "elevar mundos en este mundo". Qué duda cabe de que a ello contribuye de manera inequívoca la dramaturgia de los marcos, la mudez de unos espacios abiertos que dominan omnipresentes las obras, con su arquitectura desolada y profunda, urbana siempre, de plazas y callejones por donde transitan el pasado y el presente, el hombre y su memoria; las huellas de Hopper, De Chirico, Balthus, Morandi e, incluso, Goya, en algunas composiciones, no andan lejos.
Refiere Benjamin en su "Infancia en Berlín" la deliciosa historia del pintor que, en el momento de mostrar su última obra a un grupo de amigos, se hizo inopinadamente presente en el lienzo, atravesando el jardín hasta desaparecer tras la puerta de la casa en él representada. Con ello el berlinés no vino sino a refrendar un capítulo más de una muy extendida ya en el tiempo reflexión acerca de la desaparición del autor –que contra lo que se pueda pensar, no fue originada por Barthes en 1968 – y cuya deriva nos lleva a la no menos significativa consideración acerca del intercambio de papeles entre los actantes de la obra artística: aquel por el cual el receptor se tornará ahora actor y viceversa.
Tras una consideración tal del objeto artístico, tras esa conciencia de eliminación de distancias entre la obra y el espectador, no nos resulta difícil imaginar a Viota atravesando fugazmente cualquiera de los callejones de sus enigmáticas arquitecturas para proponernos, con un solo gesto del creador que es, la redención del abandono: el de la memoria, el de la conciencia de pérdida sobre los límites de la realidad y lo humano, el de nuestra pasividad anestésica como meros espectadores frente a un mundo en exceso banal y, sobremanera, el de nuestra posición fronteriza entre el territorio de la vida y el de la muerte. De ahí que Rothko, el pintor que, según Sean Scully, se debatió entre "la esperanza y la tragedia" antes de un suicidio desesperanzador, certificase la preocupación por la muerte, la intimación con ella, como uno de los elementos esenciales de la creación artística. Y es que no se nos ocurre otro modo de aliviar la inmensa desgarradura de nuestra vida –y Viota parece intuirlo – que no sea el de sentir, crear o reflexionar como se muere: a tumba abierta.
ELDA LAVÍN

3 de junio de 2012

El viejo olor del silencio en Robayera








Hacía notar Agamben, allá por el año 1970, cómo aquella premisa kantiana de que lo bello es un placer que nos agrada de modo "desinteresado" se vería refrendada, inquietantemente refrendada, y a no más tardar, en el arte contemporáneo. En efecto, para la profundidad de diagnóstico crítico que supuso "El hombre sin contenido" –meritoria vigencia la de un texto que sobrevive bien al paso del tiempo y al conjunto de las numerosas publicaciones al respecto–, ese desinterés presente en el placer estético sólo puede ser entendido si primamos el punto de vista del espectador sobre el del creador; lo que es tanto como decir si arrinconamos el peso específico de éste, en favor del de una entidad en la que entrarían a formar parte, y no siempre a la misma altura jerárquica, desde el simple contemplador hasta el critico más sanguinario. Nadie puede negar a día de hoy, como bien ha certificado el pope Danto, el radical cambio en el sentido del arte contemporáneo: su naturaleza institucional, su condición de "res" pública, la casi reducción al absurdo de su "arte es lo que la sociedad denomina como tal" – ahí estaba la mítica "Brillos’s box" en la década de los 60 –; por no mencionar su peligrosa inclusión en la denominada industria cultural de masas, con su no menos peligrosa, y sí muy rentable, gestión tecnológica.
Sí, resulta difícil sustraerse a la idea de negociación con el espectador en asuntos artísticos, como asimismo sería imposible no aceptar que la obra resultante de ese nuevo arte tenga que medirse más en un cierto estatus conceptual, que en el de sus propias características materiales. El objeto artístico se nos impone así en los tiempos que corren, con afán de resistencia, de superar lo consabido para, atravesando la capa de roña que cubre la realidad, llegar a su núcleo elemental.
Y es precisamente a través de esta lente como queremos, como habremos de mirar "Singles & Couples", la última de las propuestas que el creador Eloy Velázquez ha llevado, de la mano del incombustible Juan Manuel Puente, a Robayera, en Miengo, la sala que con este inicio de temporada 2012 celebra su 25 aniversario.
Tras su comprometido "Desde el sur del silencio", el grupo escultórico expuesto sucesivamente en El Palacete del Embarcadero y, posteriormente, en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria durante 2011, Velázquez regresa ahora pleno de convicción para mostrarnos, en apenas ocho propuestas, la diversa posibilidad de desarrollo en torno a una reflexión: se trata de este "solteros & emparejados", una suerte de dieciochesca vitrina de curiosidades donde asomarse a la complejidad del arte amatoria del individuo contemporáneo.
En su conjunto la muestra aparece ante nuestros ojos como una sólida formación coral donde rostros, gestos y miradas se encuentran y se cruzan, trenzan y entrelazan el espacio de una cotidianidad que nos resulta familiar. La ambición en el proceso creativo de Velázquez no tiene límite y rozando tangencialmente el territorio del minimalismo o del "serial art", nos atrapa con lo que a nuestro modo de entender es su propuesta estrella, la instalación figurativa "Singles", que da título a una parte de la muestra. Sobre el marco anecdótico de una cita galante, una cita a ciegas, los diez personajes de un retablo seriado –hombres y mujeres solteros – convocan al espectador a la representación de lo vivo con todo su dramatismo. "La noche y el vino perturban el juicio sobre la belleza", rezan unos versos del "Ars amandi", la de todos conocida panoplia de consejos que Ovidio realizó para la seducción. De ahí que sólo una "Mesa de Dionysos", plena de alcohol y sugerencias, pueda actuar de eje y mediación entre los amantes.
Ciertamente, hay algo de presencia perturbada en este cortejo de gestualidad sin cuencas oculares, de sensualidad ebria focalizada en la yerta carnalidad de los labios del dipsómano, que no es sino impotencia a la hora de enfrentarse a él mismo y su entorno. Resulta paradójico cómo sobre el producto de tal mostración vivencial se nos antoje que planea la ausencia de sonido, una ausencia que viene de muy lejos y que en Bachelard se vuelve sinestesia cuando nos recordaba en boca de aquel verso del gran Milosz, "qué viejo el olor de ese silencio". Sí, porque es un silencio que llevamos pegado a la entraña, que lo hemos llevado siempre, y por ello, al situarnos frente a este gran friso del abandono, tenemos la sensación de observarnos a nosotros mismo como borrachos, como lunáticos desolados, como personajes peripatéticos en medio de la autopista de la nada, un territorio que tiene mucho de lo que Augé denominó los no lugares, espacios cuya razón de ser es la del mero tránsito hacia otra parte, o quizás, precisamente, hacia ninguna.
Pero Velázquez no agota su pintura de posibilidades amatorias y ahí está esa "Diva acaparadora de susurros ardientes", hermosa bajo las quiebras de la madera que son su piel y enigmática como una mantis religiosa, más sensual si cabe en la aliteración de su nombre; dictadora, en fin, de un reino donde el sexo se resuelve en los recodos de las sombras. Así, ella, y sólo ella, habría de estar en el centro de la mirada del amante lascivo, el que certifica el instinto bajo las leyes del lupanar, elevando el impulso erotómano a la máxima potencia allí donde se radiografían las entrañas de la soledad.
Y es que de eso se trata precisamente: el alquimista que hay en Velázquez trabaja y manipula –en su sentido etimológico– lo inerte para descubrir una dimensión otra de la realidad; la madera, la piedra o, en menor media, el poliéster cobran densidad de humana piel en sus "Amantes erosionados", "Amantes fosilizados" o, incluso, en "Busca tu perfil y contacta"; y, entonces, la materia deviene espacio para que la conciencia inteligente reflexione – hay aquí siempre una impronta moral – sobre la soledad y la falta de comunicación, sobre el propio yo y sus relaciones con el entorno; o lo que es lo mismo, sobre la variedad de relaciones en el cortejo amatorio, que no es sino subcategoría dentro del hiperónimo de la comunicación interpersonal, ya de por sí banalizada en el presente que habitamos. Hablamos de la pérdida del yo y de la deshumanización que tal pérdida lleva implícita, hablamos de la disolución del espacio y del tiempo en donde ellas se han generado; aunque, en cierta medida, de lo que queremos hablar es de aquello que Rothko consideraba elemento esencial para la creación artística, que no es otra cosa que la preocupación por la nada, porque ¿no es, en definitiva, la intimación con la muerte la verdadera finalidad del arte y, así, la del arte contemporáneo?

ELDA LAVÍN