20 de marzo de 2011

Sobre héroes y pioneros

Desde una conciencia de pensador semita quizás en exceso desencantada, apuntaba Steiner como una de sus diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento aquella que tiene que ver con la aleatoriedad en el reparto de los atributos del genio, y, por demás, la consecuente, insalvable injusticia que ello comporta.
Si por  genialidad  entendiésemos el concepto romántico, de procedencia kantiana, por el que el artista crea en libertad como lo hace la naturaleza, fuera de toda norma común a los mortales; podríamos entender entonces los sentimientos encontrados –algunos muy, muy encontrados en el contenedor de la basura de la envidia- sobre la singularidad de tal estado. Sin embargo, no deja de sorprendernos el papel que, por exclusión,  da el pensador al placer estético e intelectual: ¿acaso debe producirnos tristeza la contemplación de la obra de arte? o ¿se nos tendrían que saltar las lágrimas cuando leemos un poema –sí, si, lo sé, esto ocurre con frecuencia, pero me refiero aquí a los buenos poetas- o escuchamos una sinfonía?
Lejos de tales consideraciones, se nos antoja como labor del arte –una de ellas al menos- aquella que tiene que ver con  la de intensificar la vida, la de estimular la conciencia y lo sensitivo, de tal manera que en el proceso de la percepción, es placer, el propio Kant hablaba de satisfacción desinteresada, lo que el receptor siente ante la obra del genio. Pues bien, puesto que de placer estamos hablando, sólo eso es lo que se puede experimentar ante la contemplación de la última individual  que, en la galería Evelyn Botella de Madrid, nos propone en estas fechas el santanderino Eduardo Gruber (1949) bajo la denominación ‘Héroes y pioneros’.
Constituye esta una suerte de meta volante en la largamente trabajada andadura pictórica del artista desde comienzos de los años setenta. Mucho había sido lo recorrido hasta que hacia el comienzo de la década de  2000,  esta andadura se abría vinculándose a una abstracción de evidencias geométricas en la resolución que nos remitían a lo cotidiano urbano, teniendo el óleo sobre tela o papel como técnica común: ahí estaban su ‘Si el espacio pensase’ (2002), ‘París-Delhi’ (2005), ‘Ciudades’ (2004) o ‘Tijuana-Frankfurt’, en 2007 -estas dos últimas en la santanderina galería Siboney-. Y ahí estaba ya, sin duda, el germen de su ‘Ciudad portátil’, las nueve estancias cúbicas con las que arquitectura y espacio, urbanismo y naturaleza dialogaban, ese mismo 2007, condenados a entenderse en Santillana del Mar.
Sin embargo ese año marcará también el desvío a la figuración con ‘Display windows’, una serie de dibujos de gran tamaño, que encuentra ahora en ‘Héroes y pioneros’ una continuación inagotada todavía a día de hoy para el propio Gruber. Junto a un puñado de dibujos de pequeño formato, dos son las composiciones –dominadoras hechuras de coloso en un tamaño de 300 x 300 – en torno a las que se estructura la muestra: en ‘Héroes’ explora el artista las posibilidades de calidez y hondura que le brindan el grafito, el carbón y el pigmento licuado para la composición de veinticuatro figuras humanas que se disponen a penetrar en la oscuridad de la mina. La potencia intensamente dramática  de esta imagen fecunda de manera especial la exterioridad, los elementos plásticos más evidentes de lo observado. De ahí la línea que une todos los contornos, o el difuminado de cuerpos sin rasgos identificativos aparentes,  como una amalgama de grises que parecen gravitar en torno al pequeño foco linterna –determinante resulta la instalación eléctrica en ambas propuestas- de tenue luz en la frente del anónimo hombre de la mina.
  Mucho tienen estos rostros –quizás por lo que conllevan de acercamiento a la verdad, si bien ella se nos ofrece aquí con prietas carnes sociales- de la ‘force vide’ o del ‘champ de mort’ que Artaud reclamaba para sus retratos allá por 1947 en su archiconocida exposición de la Pierre Loeb. Y es que también a Artaud  podría remitirnos ‘Pioneros’, el segundo de los ejes en torno a los que, como se ha dicho, gira esta muestra. Parece ahora como si el cántabro se hiciera eco de las palabras de aquel cuando afirmaba que sólo el pintor podría proporcionar la fisonomía definitiva a un rostro como el humano, en continuo hacerse. Así es, sin duda, en tanto que toma fuerza ante nosotros la marcada fisicidad de los rasgos de la cara, donde pintura y azulejo; el blanco y el negro; frialdad y neón  se implican en la exhibición del individuo y su tipología, el conquistador –unido a ella, y como no podía ser de otra manera, aparecerá el perro, animal que, sabido es, en Gruber adquiere un rico repertorio semántico-.
Afines en lo dispar ambas propuestas fundan su cohesión en la mirada, difusa o no,  de sus personajes, que deviene mirada del hombre de la contemporaneidad, aquel cuyo destino no es otro  que el de una voluntad inseparable de la violencia y la irracionalidad, frágil en su desamparo ante una historia que le niega los designios, en otro tiempo omnipotentes, de la diosa  de la Razón. Sin embargo, lejos de una poética del desamparo, el cántabro da carnalidad y sentido a sus personajes insuflándoles en el corazón la dignidad del mito, y lo hace, cómo no, acudiendo a la tradición clásica.
Digamos que esa  cualidad tan propia del mito, de “dar de sí”, de ir adquiriendo diacrónicamente, uno tras otro, sentidos individuales en cada realización, ha permitido al artista cifrarlo en términos de “voluntad frente al reto”. Su propuesta, la reafirmación vital en forma de desafío y peligro supone un certero disparo en plena línea de flotación del orden establecido. Y ahí está el Ulises homérico y contemporáneo: una inteligencia fraguada en el sacrílego afán de saber y dominar –traigan ahora mismo a su mente la imagen del de Ítaca, atado y bien atado al mástil de su embarcación, desoyendo el ya manido canto de las sirenas  con la sola finalidad de querer conocer-, que le convierten en voraz, al tiempo que en universal.  
Yo no sé ustedes, pero por lo que respecta a la que esto suscribe, una más de aquellos mal informados que vinimos a Casablanca a tomar las aguas, sólo he encontrado motivos para el placer en estos héroes y pioneros del viaje al conocimiento, de la racionalidad y de la esencia del hombre europeo. Gocen y juzguen ustedes mismos.
Elda Lavín
Marzo 2011

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